viernes, 28 de agosto de 2015

¿Cuántas plumas más sobre mi cuerpo? Una más y ya son cien, tres más y ya serán mil. ¿Qué haremos nosotros con todo esto? Todo este desorden. Tu cuerpo. El mío. Las plumas.  ¿Pensaste en correr? Nadie lo entendería... ¿por qué saldrías corriendo Alberto? No tiene sentido. Y además, nadie lo entendería porque este es un mundo de lampiños ciegos... Nosotros, los plumíferos. Nosotros, los crustáceos, nosotros los branquicéfalos... Nosotros y el mundo a oscuras, pero cubiertos de plumas, Alberto, ya van mil.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Amaré la lluvia eternamente

Amaré la lluvia eternamente porque nada hay en ella que me sobre.  Llueve y subo a la terraza, dejando que se mojen todos mis soles, empapando mis días felices... la lluvia es una nostalgia necesaria. Apago las luces y abro las ventanas... el gato se asoma entusiasmado a ver esas gotas que explotan contra la persiana, quiere atraparlas, resonga. Abro mi mente también y mi cuerpo para que ese olor a tierra mojada me penetre el cuero y la carne hasta llegar a lo más profundo de mis recuerdos. Pienso en las lluvias más lindas que viví y me acuerdo de Yaví y de Misiones... La lluvia en mi vida siempre  ha sido una fiesta.

miércoles, 1 de julio de 2015

Mis días en los valles

Nada había ahí
Y sin embargo todo lo teníamos
Coger y dormir sobre un colchón sin cama
Ni sábanas
Con colchas llenas de polvo
Y mareas.
Con frío y con fuego,
Con perros y pulgas
Con deseo,
Con amor
Y sin.
Nada había ahí:
Un círculo desprolijo de barro y jarillas
Una puerta
Sin muro que sostener,
Un hombre y una mujer,
Una garrafa
Unos libros
Una foto:
Nosotros mismos,
Con luces y ensombrecidos.
El vino malo y el aguardiente
Y ese deseo inconmensurable
Del otro,
Del otro en nosotros mismos
de borrachera,
Y la luna
Y los valles
Y la vida,
Y la poesía.
Nada había allí,
solo ausencias Y distancias
 a veces algún guiso
Y a veces ni eso.
Estábamos nosotros,
Queriéndonos querer
Durmiendo  en ese colchón
Sin cama ni sábanas
Sin perdones
Sin tequieros
Aguantándonos las soledades.
Nosotros iguales,
Callados,
Intensos,
Desnudos.
Nada había allí
Sólo nosotros y nuestra desnudez.
Solo vos y solo yo
Y esa luna
Y esos valles
Y ese aguardiente sugiriéndonos,
 Implorándonos,
La boca que busca
E insiste
Porque más vale besar
Que decir,
Mas vale tocar que correr
Más vale coger que pelear.
Porque nada había ahí más que nuestras miserias,
Nuestras Humanas miserias
Reales
Tangibles
Apacibles.
Nuestros cuerpos desnudos
Frente a nuestras humanas miserias.
Y nosotros haciéndonos cargo,
Amándonos sobre ellas
Porque nada había allí,
Más que nosotros y
Nuestras

Solitarias humanas miserias.

jueves, 11 de junio de 2015

La costumbre


Que no se nos haga costumbre
El sexo por el sexo
Ni el arte por el arte.
Que no hay poesía
(ni mujer)
 que no exija
un orgasmo o una estrofa.

viernes, 5 de junio de 2015

¿Cuándo fue que nos acostumbramos a tener en nuestro billete de mayor numeración a un genocida?
¿y a dejar de creer en el amor? ¿cuándo hicimos de una historia una partida de ajedrez? midiendo cada paso, prácticando psicología inversa, mintiéndonos a nosotros mismos, fingiendo no sentir. ¿Cuándo fue que nos creímos esa historia de correr atrás de un título? Primero estudiá para ser, después viví. ¿Cuándo fue que dejamos de buscarnos en la música, en la luna.... ? ¿Cuándo nos dimos por sentado, perdiendo la precisión del detalle, la magia de la particularidad? ¿Cuándo fue que nos resignamos a vivir, el resto de las horas que no dedicamos a las imposiciones? ¿Cuándo nos vendieron la manzana podrida de que por el mundo vas a encontrar esa mitad que te hace falta para ser feliz y así  convencerte de tu incompleta capacidad para ser sin un otro? ¿Cuando fue que naturalizamos ese piropo por la calle que nos insulta y nos reduce a un simple objeto? a un perro que escapó a su dueño, a una nada. ¿Cuán.....


jueves, 4 de junio de 2015

El instante.

Detrás de cada cigarrillo aparece su bucólica sonrisa. La materialización de un deseo tangible, macizo, la voz intensa que llama y resuena en mis labios rojos, la risa estruendosa. Detrás suyo todo se difumina, se confunde... nada puede verse con claridad, cosmos vs. caos. Gana el Caos, cosmos llena su copa y ríe. Una instantánea con la Pollaroid: El instante preciso (y precioso). La fugacidad. Él. La mirada. El instante.

sábado, 2 de mayo de 2015

La espera

325 pecas, 9 perdidas en algunas mentiras piadosas (porque desconoce otra clase), hacen un total de 317 exiliados de un cuadro puntillista que merodeaban alrededor de sus ojos de luna. Ella hizo el cálculo matemático sin mirar demasiado, en el preciso momento en que él se sacaba el abrigo, sabía su cantidad exacta, su disposición de norte a sur con el meridiano en el corazón.
Lo observó detenida: la misma mirada, el mismo perfume, el surco de su boca recorría el mismo caminito zigzagueante de melodías inquietas, de frases sin formular, tantas primaveras olvidadas a punto de caer en el suicidio de una gota de vino. Tan detenidamente lo miró, que cobró conciencia de que habían pasado varios minutos desde su último pestañear.
Muchas veces garabateó con la lapicera a medio escribir de la imaginación, posibles y potenciales encuentros: en la intersección de alguna diagonal platense de esas que nunca se sabe dónde desembocan, él caminando apurado con las manos en los bolsillos de ese saco siempre azúl, y ella distraída, siempre somnolienta, juntando banditas elásticas perdidas entre las baldosas o simplemente mirando las palomas que se agolpan por unas migas de pan. O tal vez, todo sea más literariamente romántico si se encontrasen en alguna esquina ventosa del parís de Cortázar, en le tour Eiffel,  en algún bar. Pero nunca fue, sino hasta ahora: un miércoles desteñido por el otoño, en un cafetín de buena muerte en el bendito barrio porteño de La Boca, después de tantos, tantísimos obsoletos garabatos imaginarios.
La noche era de manual: si alguien pregunta cómo es esa estación del año que se desplaza taciturna entre los extremos, la respuesta debía ser un retrato de ese momento, y si alguien hubiese querido saber cómo es Buenos Aires en otoño, pues entonces debía estar esa noche en aquel cafetín, entre el gin-tonic más bien fuerte de ella y el saco azul de él.
El mozo se acerca a la mesa de él, le entrega una carta. Él duda.
 “Siempre igual, piensa ella, ese acto tan simple como elegir el color de la etiqueta del whisky que va a tomar se convierte en un dilema crucial, duda, pero siempre elige lo mismo. Duda y a veces se equivoca. Todos podemos equivocarnos de vez en vez. Lo bueno es reconocerlo, hacernos cargo. Pedirá un Johnie Walker… dorado. Le sacará el hielo y cerrará los ojos para el primer sorbo”.
El mozo regresa y acerca su  cuerpo al hombre que le pregunta algo en voz muy baja. El mozo mueve la cabeza para ambos lados, y susurra unas palabras, asiente con una sonrisa y se marcha. El hombre se queda solo, sentado en una mesa de dos en el centro del salón, saca un libro y se pone a leer.

-Francisco, llevo años esperando verte, muchos años.

Él levanta la cabeza y la mira

(ella se sentará y hará un monólogo. El se disculpará, esbozará una sonrisa y dirá que está equivocada)