lunes, 24 de enero de 2011

Querías fuego y los fósforos no se encendían. Ningún fósforo te daba fuego. Todos los fósforos estaban decapitados, o mojados.


Eduardo Galeano, Días y noches de amor y de guerra.



El digno deber de callar


¿Qué saben los que saben (o dicen saber) sobre el llanto de las margaritas al dormir? ¿Qué saben de las grietas que esconden poesías, pasos y pisadas o simples cartas que no llegan a destino?.

Nada, no saben nada.

Porque ellos hablan, hablan sin cesar. Tapan los susurros del mar, los latidos de un recién nacido, el grito desgarrador de la muerte.. todo queda sepultado bajo su balbuceo sin sentido. Hablan porque creen saber, pero no saben nada.

¿Y qué decir de los que hablan de las leyes de la economía mundial, de Marx, de Engels,.. y no son capaces de ver mas allá de su hombro? Ricos de conocimiento y pobres de corazón.

Hay necesidades invisibles que uno debería reconocer para no ser uno más del famoso montón. Pero ellos no lo saben y nunca lo van a saber.

¿Querías fuego y los fósforos no se encendían? Definitivamente.

El fuego viejo se extingue lentamente y nos da tiempo para frenar, pensar, recapacitar y avivar su llama, pero somos ciegos de sentidos y de alma. Seguimos caminando, sin ver, sin escuchar, sin pestanear... seguimos el camino que fue trazado por otros en vez de buscar un horizonte que lleve nuestro propio sello... y por eso muere el fiego. Muere de muerte y de pena. Pena por nosotros, que vivimos sin sentirnos vivos.


Belén

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