viernes, 27 de mayo de 2011

De la culpa de los pies y las margaritas, nace la historia. (Maxi Rodas - Belén Frediani) Cadaver Exquisito.

Ella no lo pensó: salió a la calle vestida de azul a buscarlos. Creía que era un sinsentido, una locura, una idiotez, pero no dejó de caminar. Creía que era un sincericidio, un atropello a la razón... qué les diría? - Tal vez volverían a callar, y mirarse los pies.


Todo el mundo sabe que en los pies se esconden las culpas. La pobre queria demostrarles que, mas precisamente entre el chiquito y el que le sigue, estaban sus errores. Asi iba pensando, rumiando y secando sus manos en lo azul, que poco a poco perdia transparencia.


Buenos Aires esconde tras sus infernales edificios el dilema de las grandes ciudades, ese vínculo de amor-odio. La ciudad es inmensa cuando se busca sin la seguridad de poder hallar algo en concreto: una moneda, un viejo amigo, un perro sin dueño. Pero ella salió, con sus pies atados al cemento y su culpa amurada a la sombra, teniendo la certeza del deseo del NO- ENCUENTRO.


Luego de un par de cuadras comenzo sentir un leve cosquilleo en la zona abdominal, por dentro nuevos dilemas se batian a duelo. Dicen que los dilemas son pequeños microorganismos que, como es sabido, tienen doble alma. Almas antagonicas es el termino cientifico. Su convivencia es bastante dificil y son generalmente los causantes de graves dolores de estomago y cervical. Laura comenzaba ... Pero, ¿sentir qué?, ¿y si todo esto no era más que una realidad paralela? ¿o un instante ficticio de irrealidad? Ella se despertaría y se golpearía la cabeza contra el cabezal de la cama... Y todo volvería a la rutina agobiante y vomitiva. Laura estaba, sin estar, desesperada. ¿Correr al abismo, o salvar el pellejo?


¿Que hacer cuando el mundo onirico y el mundo tangible pierden limites? Ellos se abrazan aveces, el camino se torna tan difuso como el arroz con leche. Se abrazan como tambien lo hacen la razon y el impulso, el instinto estomacal, esa fuerza que no se quiebra. Que mas da. Ella sabia que la esperaba ahi, arriba de su almohada. Dulce, siempre queriendo ir a dentro, adentro del adentro.


Sabiendo aún, que el adentro del adentro es tan peligroso como el afuera del afuera. Allí estaba la respuesta: salvar el pellejo. Laura es una más del montón, de los soñadores con miedo de sus propios sueños, y lo sabía. Por eso esa mañana salió vestida de azul, por eso estaba yendo a buscarlos... para decirles que todo era nada y que a ella le gustaban las margaritas, las rosas.. en efecto, le parecían una mierda.


Doblo a la esquina. En frente estaba la vieja rotiseria donde su padre solia pasar las domingueras tardes. Pero no era la misma de siempre. Ni los pollos la miraban como lo hacian antaño. Ellos tambien sabian (los pollos) que a Laura la esperaba algo grande, algo puro. Siguio caminando hasta que, luego de un par de cuadras, los vio. Ellos estaban ahi, sobre el mantel tendido, de donde nunca se habian ido. El pasado y el futuro la esperaban, para rendir cuentas.


Los miró, y no pudo evitar estremecerse; ¿cuántos años ya, de las últimas promesas?. Sus rostros seguían llorando las ausencias y en cada arruga escondían una plegaria al dios ausente de los que creen...


Entonces se supo. Lo supieron los pollos, las macetas, su vestido ahora blanco. Lo supo el dedo chiqiuto, y el que le sigue. Y sobre todo lo supo su memoria. El presente, le tocaba a ella. ¡Abuelos! Los ancianos, levantaron esos ojos tristes que por primera vez brillaron.

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