miércoles, 8 de junio de 2011

17 de febrero de 2011



Mi esquinita de sol, Buenos Aires



(que no lo son tanto)






Si hay algo que me gustaba a mí, Blanca Acacia Cervantes, eran las bellotas. Su nombre científico es Quercus ilex, pero obviamente nadie las denomina de tal forma, sería como si me llamasen Acacia, Blanca Acacia Cervantes.No, la gente tiene sentido común y a la bellota le dice bellota y a mí me dice Blanquita. Viene de la familia Fagaceae (oriunda de la región mediterránea) y maduran en otoño. Ay! si me preguntaran por qué era el otoño mi estación preferida, diría que por ellas, ¿por quién más? Inundaban la plaza del barrio, y de todos los barrios... el pasto amanecía minado de pequeñas piedritas amarronadas que recolectaba con paciencia y fervor. Y Las ponía en un frasco de vidrio con su rótulo correspondiente: AÑO 1973 PLAZA HEREDIA RAMOS MEJÍA; AÑO 1995, PLAZA VILLA ARMONÍA, QUILMES; AÑO 1996 PLAZA "LA ROCA" VILLA CELINA, y en su tapa, un retazo de tela de color. Así sucesivamente: otoño tras otoño recorría los cien barrios porteños en busca de diferentes variaciones de mi obsesión. Llegué a tener 50 frascos (No quería hacerlo pero me acorrala el afán de hablarles de ellas, a mis 72 años... 50 frascos me da un Changüí de 22 otoños en los que leí libros y revistas sobre nueces y carpinchos). En fin, la cuestión es que mi amor por ellas llegó tan lejos, que todas las denominaciones de mi vida cotidiana eran extraídas de su léxico: a Susana, la vecina del fondo que estaba pendiente de mis movimientos para luego contárselos a Delia (la otra vecina viuda y pesada), la llamaba Lagarta peluda (su nombre real es Lymantria, oruga de la encina y es una plaga que las azota), si tenía un mal día: Europroctis (insecto defoliador), o Kermococcus (larvas rojizas fitofagas). Un día se lo grité de jardín a jardín y para qué contarles! armo un escándalo en el barrio, mi dijo loca y no sé qué otras cosas más.. Así pasaba mis días, en compañía de las bellotas y de la soledad; Nunca tuve hijos, no sé si por naturaleza o por destino (de haberlo hecho... le hubiese puesto Violeta, o Bruno). Así que vivía sola, o casi... tenía un canario amarillo que se llamaba Rubén. No molestabamos a nadie, ni a Susana... que seguro en el fondo se reía. Pero la gente a veces siente el derecho de ahondar en la vida del resto, de las y los blanquitos que vivimos ensimismados en nuestra propia crónica diaria. Empezaron a comentar que hablaba con frascos, que decía que las plantas eran mi familia, que a Ruben le daba de comer gusanos, que salía de madrugada desnuda a corretear por las plazas, hasta los niños con su imaginación sin-fronteras, afirmaban que los domingos al anocher me convertía en planta carnívora (y consecuentemente, los deglutía tomando sopa de caracoles como diluyente). Al principio me reía.. y los llamaba como a Susana, con nombre de plagas e insecticidas, alimentaba su temor y cuando se acercaban a mi jardín, hacía ruido de cadenas o silvidos capaces de amedrentar a la propia paz. Pero la rueda se hizo cada vez más inmensa y las falacias cada vez mas hirientes, y una tarde de domingo llegaron ellos. Con guardapolvos blancos blancos vinieron a llevarme: " Usted es peligrosa para la sociedad", y me arrancaron de mi casa y de mi vida, me llevaron de los pelos, de las narices, de las bocas que ya no besan ni hablan porque me muero de tristeza. Acá estoy: entre paredes protegidas por unos almohadones blancos, sola, con una soledad que me carcome los huesos y tan solo el recuerdo de mis bellotas. Recuerdo mis frasquitos en su estante, ordenados por año y con sus tapitas de colores... Quién se cree que es es peludo de traje y corbata que me dice mañana tras mañana: "vine a hacerle la revisión Acacia. Me dijeron las enfermeras que no comió la cena... Se va a morir de hambre." Su ironía me reventaba los cesos (me hubiera gustado mucho patearle las bolas en ese momento pero solo hilvané palabras) "Comá usted esa porquería, parecen algas putrefactas del riachuelo" Solo pregunté por Rubén (ahí tiene! mi amigo real, dije con ironía) y me respondió... Se convirtió en bellota, o se lo comió un gato, Señora.




A mi tío Poroto, con quien (lejos de la realidad de Blanquita) salíamos a juntar bellotas en frasquitos de vidrio. Le regalo con este cuento mi mejor recuerdo.

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