martes, 7 de junio de 2011

Lo insalubre de ver un partido desde la platea contraria




Calor, euforia, voces al únisono... me pregunto si existe algo más pasional que el fútbol. Con la piel de gallina entré al estadio: el folklore del fútbol argentino me parece un fenómeno indescriptible. El puesto de patys y choripanes, el hombre que vende cadenitas y portadocumentos, los infaltables trapitos... Ni hablar del vendedor de coca-cola que recorre las tribunas, escoltado por el vendedor de café. Es una fiesta.

Sin embargo, y a pesar del deseo dificil de esconder por volver a pisar un estadio, una antagónica sensación me atravesaba de lado a lado aquel domingo: de una vereda la imposibilidad moral de traincionar a mi cuadro, al destinatario de mi primer canción aprendida, mi primer contacto con el mundo cabalístico: el asiento predeterminado para el superclásico, el gorro de chancho que me acompañó hasta los 10 años, el cd del campeonato ganado en 1998 con su hit: "el mono relojero" y no podría dejar de mencionar las pantuflas que me regaló mi tía Alicia para un cumpleaños. No obstante, oriunda de este barrio quilmeño, se ubicaba de la otra acera el cariño por mi espacio y los colores de mi ciudad. Una contradicción que raspaba la garganta a la hora de amargarse o festejar.

Platea sector H, y ahí me ví.... sentada entre hinchas rivales, en su platea, en sus asientos, en medio de su sentir... Ellos jugándose el descenso, yo... el pellejo si se me escapaba un balbuceo. Reconozco que me emocionó la forma en que defendían sus colores, estrenaron una bandera que mereció el aplauso de toda la localidad, me puse de pie y los hice, no sin antes pensar que la podrían usar para tapar los huecos vacíos cuando se vayan a la B....

El partido fue un desastre, al menos los primeros 45 minutos. Reventaba de rabia, era insalubre soportar a tanto viejo plateísta puteando a los jugadores contrarios. Puteando a mis jugadores, porque yo estaba ahí, sentada... pero no era ese mi lugar de peternencia, no eran esos mis colores, ni mis cantos, ni mi hinchada. Nada de eso me era familiar, solo mi papá, sentado al costado y rogándome silencio.

Boca no encontraba el rumbo, ni la pelota... sombreros y gambetas, aplausos y puteadas. Por un instante deseé volver a ser una niña: a los chicos nadie les exige que se responsabilicen por sus actos, ya que todo se ve desde el crisol de un caleidoscopio... Si hubiese sido niña, y gritaba, nadie me hubiese juzgado. Ni puteado. Pero no lo soy, y si lo hacía, como respuesta mínima recibiría una piña, con suerte, en un ojo.

En fin, la cosa era que quería teletransportarme a un lugar donde mis palabras y palabrotas (como dicen las maestras jardineras) fuesen bienvenidas, o al menos bien contextualizadas o bien recibidas... o que no desentonen.

De pronto, lo que se percibía sucedió: gol en contra, Caruzzo (Si el dios de los que creen existe es mentira que es hincha de la azul-amarela). La platea se me avalanzó y yo permanecí inmovil; atónita, desconcertada, solo pude hacer silencio, solo eso era posible. Me indignaba tanto abrazo, tantas palabras hirientes (porque no existen las malas palabras como tampoco las buenas) hacia el titán. Gol en contra y quería estar del otro lado, donde todo era tristeza, quería sufrir con los míos, descargar esa tensión con mis pares (al menos, mis pares por noventa minutos). Mi estado anímico era inconcebible en el espacio en que me encontraba, ahí todo era euforia desbordante, y claro... se salvaban del fantasma de la B. Se salvaban pero a costas de nuestro cabezaso en contra, nada de mérito propio ¿qué festejaban? Indignada, ¡indignadísima! me mantuve en mi asiento frío.

De vez en vez le preguntaba la hora a mi papá, 30 me decía, 38. Siempre tuvo esa costumbre de cronometrarlo todo, hasta el entretiempo. Sin ton ni son, dos a cero. Lo imposible estaba sucediendo, sin brújula... a Boca se le escapaba la tortuga. Aunque dicen (y de esto me enteré al salir de la cancha) que el dos a cero es el peor resultado en el fútbol... a mi me parecía inalcanzable la igualdad. Otra vez la secuencia de la platea que se avalanza sobre la pobre y desconsolada narradora, y bla bla bla. Entretiempo y se van todos a la mierda, quería irme a mi casa.

El suplementario me esperaba con un sabor un poco más dulce... Gracias Martín ( tu patadón al ángulo fue una obra pictórica de Xul solar para mis ojos), y gracias Chavez, aunque con menos gracia y estilo, por permitirme tal desahogo. Hubiese deseado preguntarle a esa señora, que sentada a mi izquierda, no hacía más que recordar a la madre del gran n9 xeneize, le hubiera recordado a la suya, pero el viejo me hubiera desheredado y a veces es mejor evitar el conflicto familiar. La cosa es que terminó empatado, y yo salí en paz con mi controversial dilema de hinchadas... y sin moretones en los ojos. Eso sí, nunca más del lado rival.





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