jueves, 28 de julio de 2011

El arte de soñar, volando.

Volar cada vez más alto y que nadie lo obligue a bajar, eso sí que es lindo. Y que vuelen con uno... Pf! Ni le digo. Cuando uno vuela llega a cualquier parte, no importan los ríos, las montañas, no importa nada más que tener alas inmensas, como las mías.


Ellas nacieron de un suspiro, de la baba de un caracol o de una pastilla de menta que se mezclaba con la pelusa bajo la cama. Creo que fue un día azul, o quizá verde... era un día que realmente ameritaba soñar, plantar un árbol, escribir un libro o tener un hijo. Yo en cambio, parí dos alas.


Eran blancas como el algodón y así de suaves, pero no de plumas... era algo más parecido a a la espuma de mar. Tenían una transparencia superflua pero encantadora, sin embargo (y muy a pesar de los comentarios de la gente) me gustan los colores tanto como las frutillas y las pinté. En verdad le asigné la tarea de pintura a un niño, un niño pequeño al que vi nacer y que hoy ya no me abraza (No voy a decir que no lloro al recordar sus manos pequeñas pintándolas del color del arco iris, pero me alegra verlo en mí y así llevarlo).


Así, con los siete colores a cuestas... ando desde aquel día azulado. Sin guiños ni espejos retrovisores, levantando vuelo pa sentir la brisa, la libertad, para ver un poquito más clara la maraña que es vivir. Volamos, siempre que podemos, mis alas y yo... porque tengo mucho en el cielo y no lo olvido... volamos porque es tan lindo que no tiene sentido reducirlo a palabras... quien vuele, sabrá qué es ese latir intenso en el corazón y ese vientito norte en la cara...


El nacimiento de mis alas viene a cuento de decirle que ahora, cuando después de la tormenta salga el sol y aparezcan los siete colores para encantarlo todo, búsqueme, que por ahí ando, soñando, volando... buscándolo.


B.

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