jueves, 24 de noviembre de 2011

Cuando eras poeta amabas llorando, llorabas riendo, volabas y brillabas con una intensidad mucho mayor que el reflejo de la tele. Tu estela era única. Cuando eras poeta, era fácil encontrarte: solitario en la oscuridad de la noche, con la lapicera y el papel, vomitando verdades sociales atragantadas, vuelos furtivos de mariposas errantes, silencios y tristezas. Y allí te buscaba, porque tu poesía siempre fue una gran compañera de noches en vela. Anduviste caminos con precipicios y por momentos te vi caer, o al menos alejarte de la orilla. Todo es parte, quizá, poesía menos ingeniosa o prosas deshilachadas.
Entregarse a las palabras (bellas, llenas, desbordantes) es como entregarse al viento, es una vocación... vocación de amar la poesía, y eso es amar la vida, el mar, el cielo, la mierda, la tristeza, la nostalgia... es amar la sinceridad para poder gritar que no queremos ni un niño más muerto por inanición, es amarnos entre todos, los unos a los otros... los muchos a los pocos. Es poder decir, sin tapujos, que no estamos contentos, o que somos felices y dichosos los ojos que no opacan.
Ser poeta es la mayor nostalgia y la mayor responsabilidad. Poeta se es por amor, quién sabe a que... o a que no, pero se es para siempre. Irrenunciable. Calan profundas las palabras en la piel.
Cala hondo el vértigo, el abismo...

En esta puja de la modernidad, oquedades de tv vs vida y poesía, compañero.. no suelte nunca la soga.

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