jueves, 27 de septiembre de 2012

Gestacion



Con ella y el mate, 
llegaría al fin del mundo. 

Desperté desconcertada. Mi cuerpo estaba tendido con la cara buscando el sol y la espalda amurada a ese suelo adoquinado. Mi cuerpo, pero creo que yo también estaba allí, con el. Las pupilas guardaban con rencor el recuerdo de la oscuridad, coloradas, marchitas orquídeas fantasmales.
Donde estaba? La reminiscencia de esa cueva se volvía borrosa, pero yo sabia que había estado allí, oliendo con dificultad esa porosa humedad de acantilado, respirando el encierro maloliente, muriendo en cada milímetro cuadrado, ahogada por la propia claustrofobia.
Necesitaba guarecerme en el eco de alguna felicidad: Pensé en ella y en su sonrisa, entonces pude aquietar la desesperación que me generaba esa incertidumbre. Moví un poco los brazos, pero el derecho se estremecía con espasmos de frío mientras que el izquierdo brillaba por su ausencia.
Volver al pensamiento, entonces busque nuevamente su imagen y prometí al verla, confesar la calma que me daba su rostro, es que tiene ese amor tan intenso en la mirada que no hay río que alcance su hermosura. Hice una mueca semejante a una sonrisa.  Me di la esperanza de encontrar un después.
Respire profundo el recuerdo del cielo limpio, lleno de estrellas. Intente traer a mi, tantas latitudes recorridas, caminadas...  Imagine mi mente en blanco, relajada, quise acercar una situación en la que las dudas no me hayan atormentado, en que de pe a pa todo era certeza, seguridad. Lo hice, recordé un viaje en tren, changos amigos abrazando la felicidad, todo era alegría allí,  pero pronto la confusión volvió y yo solo quería  comprender donde estaba, por que mi cuerpo pesaba como un yunque de hierro.
No le temía a la muerte. Le temía a esa confusión que iba a llevarme a la locura. Le temia a la incomprensión  por que mi cuerpo se  sentía así, afiebrado? desarmado? Por que ese lecho de adoquines me  penetraba la columna vertebral? Desangraba mi pensamiento, desalmaba mi ser.
De pronto, sentí en el estomago una especie de bola de pelos, como las que escupen los gatos al lamerse. Hice un movimiento violento para excitar el vomito, me adelante sobre mis rodillas, caí sobre ellas con peso casi muerto. Algo amortiguo el golpe, solo una mancha morada aparecía sobre la derecha, una especie de capricho de Monet. Quise vomitar, otra vez lo intente. Y otra y otra.
 De ahí en adelante, todo quedo subsumido en una oquedad de olvido como agujero negro en el espacio.
Al despertar, todo era claro y calmo. La pesadez de los parpados era recuerdo.
Sobre el brazo derecho Mahun descansaba acurrucada, protegida por ese ser gigante a sus ojos que la alimenta.
Volví a pensar en ella y todas las piezas del rompecabezas encastraron: toda la confusión  la incomprensión del presente onírico  la bola de pelos atorada... no era mas que  esto, mi cuerpo lo estaba gestando maquiavelicamente. La llame. - Cuba o París? - París , respondió la voz.


B.

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