viernes, 12 de octubre de 2012

De regreso a casa, los viernes son agotadores por donde se los mire: estaciones, colectivos que si viene el 257 o el 582, gente apurada que toca bocina, esa estación de Solano hipertranscurrida, "dos pesos con la Sube, por favor".
Sin embargo, me reconforta la simpleza de la vida, como ser caminar por la calle Blas Parera, que no puede más de hermosura con su olor a jazmines de estación.
Me alegré de haberme tomado ese colectivo, desde Pellegrini hasta Bombero Sánchez se siente mucho más el perfume de los paraísos.
Inhalé profundo, sonreí. Sonó el celular y un mensaje bienrecibido me hizo sonreír otra vez. Respiré, guardé en mì todo ese presente. 
Pero una conexión, una sinápsis con vaya uno a saber qué cosa, y de pronto  estaba pensando en ella. No debería sorprenderme dado que todo el tiempo (o al menos, en una buena proporción) lo hago, pero esta vez no pude contener ese torbellino de sentires. Me sentí desbordada, un sentimiento demasiado inmenso como para caber en este pecho me invadió.
No sé si habrá sido el perfume a jazmín, las primeras brisas frescas de este octubre atareado, o tan solo este viernes agobiante, como tantos otros pero tan distinto.
Estaba allí, paradita con mi recuerdo, entre casas conocidas pero tan lejanas, en un barrio tan mío y a la vez tan ajeno que me estremecía.
Cerré los ojos un instante, el escenario es ahora aquel Tucumán y sus valles. Su carita se dibujaba a la perfección en mi interior  y pude sentir mis manos acariciando su pelo rubio, suave como el terciopelo de buena calidad. Por una milésima de segundo sentí el calor de su cabeza escabullièndose entre mis rulos, su respiración buscando mi cuello y mis mimos.
La pienso y me invade un vacío tan inmenso que debo detener la marcha. Me hace mucha falta, constantemente caigo en el vacío que dejó a mi lado.
Un gato negro me mira sobre unas viejas maderas, yo lo hago también... pero no es posible pensar algo profundo sobre èl, porque la extraño, y ese vacío está atrapando como un agujero negro todos mis otros pensamientos, arrastrándolos hasta hacerlos desaparecer.
Siento muchos deseos de llorar.
Me recordé sentada en el asiento de un camión, atravesando el infernal Santiago del Estero de las tres de la tarde, con su cuerpito sobre mis piernas, acomodada entre mi falda y el termo de tereré. Tantas noches en un colchón de una plaza acurrucados los tres ahuyentando el frío, calentándonos los piecitos con cueros de llama. Recuerdo su alegría al verme llegar, y la mía al verla ahí, sentadita, aguardando mi regreso.
Recordé el despertador sonando a las 5 am, era la hora... nos tocaba la guardia. Nos abrigábamos, yo con mi poncho y ella conmigo, y nos guarecíamos las dos en ese chaleco flúo que nos había regalado el del camión de la serenísima. Salíamos a la ruta vestidas de madrugada en los valles, vestidas de canción. En el fogón los compañeros cebando mate, Buen Día y a la vera del camino otra vez, juntitas las dos, bien apretaditas las unas a las otras al pecho. La pienso y la repienso, la mimo con el este recuerdo que no deja de traerla a mí. Pachita mía, te dejé dormidita en aquel valle que como te entregó a mí, me pidió tu regreso. Rubita mía, nunca nadie me dio tanta luz y a nadie me entregué en una simple mirada.
Has visto, la primavera tiene ese no sé qué que me obliga a abrazar nostalgias, y hoy la extraño, tanto que me caen las lágrimas, y no sé si será el jazmín o las copas de los tilos...

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