lunes, 29 de octubre de 2012

Reflexiones de tormenta


Aún garúa. Consrvo tibia esa sensación de tormenta, los puños del jean húmedos por alguna baldosa floja, y miro la vereda en la puerta del local. Me encuentro con un hombre de anteojos, de unos sesenta y cinco años, vestido con un jean y una chomba verde, mojándose los restos de cabello y esa aureola inevitable en los hombres a cierta altura del partido. Me mira y sonríe con un gesto de amabilidad sincera, mientras junta cartones de la vereda más comercial de San Francisco Solano. Le devolví el gesto, intercambiamos unas palabras, el clima y sus consecuencias, la gente, los etcéteras.
Abandoné la vereda pero no su recuerdo. Pensé en el señor y en mi abuelo, en mi padre, en mí, en los todos, y una sensación de tristeza se apoderó de todos mis huesos. Lo vi juntando cartón, y pensé en la mentira que le pagan por kilo, en la familia que seguramente espere ansiosa su regreso con unos mates calentitos y se me arruga el alma como si estuviera en remojo. Ojo, no es esto un desahogo de pequeñoburgués como supo cantar Silvio, y tampoco sugiero que no sea  una actividad digna, ¡por la tierra que no se me malinterprete!, solo me pregunto cómo sería todo si la brecha no fuese tan aguda, tan tremenda.
La realidad punza las costillas huesudas de quién mira el sistema desde la vereda de enfrente sin la posibilidad de saltar y no morir ahogado en el intento.
Hoy creí entenderlo todo. Un temporal de lluvias intensas azotó Buenos Aires de punta a punta, desde Belgrano hasta Lanús y de Recoleta a Villa Fiorito, los cien barrios porteños  amanecieron con un cielo que rabiaba líquido aguachento que mojó a  los ricos y a los pobres. Claro,  con la escasa diferencia de que a los ricos les mojó el parabrisas de los BMW y a los pobres los pies, las caras, los colchones, los suelos y las esperanzas.
Los arroyos se negaron a seguir sublevados, decidieron salir de su recorrido habitual, desconcertar, mojar, alterar, y en la cola de su acto de rebeldía se llevaron a casi todas las líneas de colectivos de los suburbios porteños. Es como si nos dijeran: "sí, vení, sacá tu boleto y vamos a darle la vuelta al mundo a ver por dónde podemos pasar". Eso si tenías la suerte de subir a uno.

Paseé desde las 8.30 hasta las diez, por todas las avenidas allegadas a mi barrio, y nada: los colectivos no salían desde la ribera. 

Puentes cerrados, caminos colapsados, y gente muy enojada. Porque a la gente la enoja la lluvia, le molesta mojarse cuando camina, le molesta que se les vaya el pelo lacio artificial, las pestañas artificiales, el color trigueño que viene en pomo y sobre todo, que se les arruinen las botas. La gente es muy susceptible a quqe se les caiga el disfraz.
A mi me gusta la lluvia, me parece un acto de poesía pura: el agua deslizarse por los rostros de los transeúntes, los gatos remoloneando asomados en las ventanas, la inevitable invitación a amar, el llanto del cielo, la purificación de la tierra. ¡Me encanta con todo su encanto la lluvia!.
Lo que lamento del temporal es que arrasa con todo, y los que sufren son los de siempre, la mayoría que debería ser la nulidad, y a los de arriba ni las chauchas. Pero lo creo un acto revolucionario de la madre naturaleza:  agotados los recursos a utilizar, ya no sabe cómo pedirnos que tiremos para su lado, que empecemos a quererla un poquito más. Todo sería menos violento si la hubiésemos sabido cuidar.

Llamé por teléfono. :" no llego, no tengo como pasar. Voy a la tarde, si salen los bondis" 

Yo tengo la posibilidad de decir: no voy, no llego, no tengo como pasar, vuelvo a mi casa, tomo unos mates, y espero. ¿Y el que no? Las ilusiones no se secan con el sol y hay gente que lo pierde todo, todo lo que no ha perdido en alguna otra ocasión.

Esto viene a cuento de lo que me hizo sentir este día, del hombre de la sonrisa y los anteojos, de lo que la lluvia me puso delante de los ojos, frotándome la miseria humana en la nariz para que no me queden dudas de la perversidad de este sistema, de lo imperdonable que tiene su plan maquiavélico destinado para nosotros, los perejiles de turno a su servicio.
Qué difícil resulta pensar con claridad este tema estando tan inmersos en su maceta de cáctus. Yo escribo ahora, en el reverso de un folleto de alquileres de vajilla, apoyada en la mesa donde doblo pantalones y remeras de moda de 8 a 8.


Be.

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