viernes, 30 de noviembre de 2012

De mochilas

Manuel Sonríe.
El reloj se resintió y  a las 6.00 am hizo escuchar sus resongos de trasto viejo.
La habitación se vistiò de una luz blanquecina que les recuerda al mar.
Buenos Aires amanece. También Clara y Manuel.
Ella recoge esos instantes detenidos, sostenidos y perpetuados en el tiempo.
Se levanta tan ágil y liviana que hasta parecen sus piernas más flacas aún. Clara es bonita como las tardes de abril y hay quién piensa que son sus rulos una extensión de sus pensamientos.
Fue una noche difícil, a veces la cabeza no camina al ritmo del corazón, y entonces el imsomnio devora los corazones como un ave de rapiña hambrienta.
Para Manuel también lo fue. No pudo hacer a un lado las cuentas, la comida y trabajo aniquilador. Sus pensamientos daban cuerda a un reloj madrugador que lo retenía en una realidad de dudosa reputación, y se ensañaban con llevarlo a la desesperación. "Nunca olvidarse del camino... " pensaba y cerraba lo ojos implorando una tregua.
Ahora es de día, y tiene que despertar a los niños.
Se escurre fuera de la cama y descalzo se acerca a la cocina. El olor a pan tostado y el vapor de esos mates mañaneros  lo sacan con suavidad de los sueños y lo traen entre caricias a esta realidad.
Clara está parada frente a la ventana, es ella ahora quién sonríe.
Toman unos mates juntos. Desde que decidieron compartir el techo y la vida lo hacen :se levantan un puñado de minutos antes y comparten ese pedacito de amanecer mirándose a los ojos.
Manuel es escritor, tiene un diario independiente que mantiene con sudor, Clara maestra de una escuela estatal.
Cielito y Juan duermen en la habitación contigua separados  de sus padres por un suspiro de madera apolillada.
Juan es inquieto y revoltoso, tiene en el jardín una comunidad de hormigas comunistas (según su propia descripción al ver cómo organizadas, juntaban hojitas para compartir y afrontar el invierno), a las que visita con frecuencia y puntualidad de misa al volver de la escuela. Es dos años mayor que su hermana, a la que cuida con celo de puma herido. Cielo tiene cuatro primaveras, le gustan las flores amarillas y las canciones que inventa su hermano con una batería improvisada con cacerolas. Nunca le preguntaron qué pensaba de esa comunidad que crecía en su jardín, pero seguro estaba de acuerdo y se hubiese ofrecido como voluntaria para las rondas tardías de control.  Tiene el pelo del color de las castañas, los ojos grandes como la luna llena y un carácter de perro chihuahua que si lloraba te enfermaba los nervios. Por suerte, sucedía con poca frecuencia.
Si por ellos fuera... vivirían sumergidos en ese mundo en el que corren y saltan a la par, con el barro arraigado en los tobillos y las piernas picadas por los mosquitos acostumbrados a la amargura del repelente.
Manuel salió apurado, no sin antes abrazar con amor a sus compañeros.
Cuando Clara fue a agarrar las llaves sobre la mesa, encontró una nota que desmantelaba su prisa y sus sentimientos intactos:

"Somos aves migratorias en busca del sol y el horizonte no es más que un metro de costurero que cabe en un cajón"
Los tres comprendieron, y tan solo Juan repuso: ¿Hay lugar en la mochila para las hormigas?


B

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