jueves, 29 de noviembre de 2012

Emociones violentas

Yo no creo en aquellos que se deshacen las sienes hablando en lenguajes incomprensibles para el resto. Según dicen, para ellos escriben, por ellos luchan, ¡artistas de la revolución!, pero hurgan en el saco de las palabras hasta darlo vuelta por completo: ¡La más rebuscada! ¡refinada!, tanto.. tantas vueltas, que nadie entiende nada, porque entre tanto espiral de palabras decoradas se perdió el sentido de lo que alguna vez han querido decir (si es que alguna vez han tenido algo para compartir).
Desconfío de ellos. No me gustan, no los quiero. Me repelen. Me parecen oscuros, perversos, turbios. He leído sus escritos, he oído sus discursos, y los he visto cuando queman las papas, sacar fotos desde afuera del torbellino. 
¿De qué sirve un artista que no busca la revolución? (Aclaración: devolvámosle el significado original, quitemos la palabra del pedestal irrevocable de aquello que de tan profanado, acabó por ser nada más que un cúmulo de letras). Yo hablo de la verdadera revolución, la pequeña revolución cotidiana, que sumadas entre todas, serían capaces de detener el  cielo, yo hablo de la revolución del pan y sus migas, de la revolución de las hormigas. 
¿De qué sirve una melodía que se vaya con el primer viento de agosto? ¿De qué sirven las palabras bonitas, si al terminar de leerlas nada quedó en nosotros y estamos huecos, como el vacío de una palta al perder su semilla? ¿Poemas de estantería y autores de salón? Baf.
¿De qué sirve una foto que no sea capaz de gritar sin voz? Estamos en la era en que un buen lente y un zoom adecuado pueden hacer de la nada un artista revelación. 
Si el artista no tiene conciencia de que con sus creaciones tienen el poder de cambiar  las cosmovisiones de quien las reciba (¡Y seamos orgullosos, eso podría llevarnos a cambiar el mundo!) sus obras no tendrán alma,  y será como un niño muerto antes de ver la luz*


B.



*W. Kandinsky, Sobre lo espiritual en el arte.  


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