sábado, 16 de febrero de 2013

LA MUERTE, TAN ABSURDA.

Abrió la puerta y ahí estaba: la muerte, tan absurda. Refugiándose en esa lluvia que moja más el alma que los cuerpos, como si la gente de tan distraída por las gotas, no fuese a notar su presencia. Pero se huele, el aire de lluvia cambia cuando la muerte lo usa de disfraz y los dos lo sentimos, y aunque él no sospechaba la cercanía, desde que abrió esa puerta lo comprendió todo en su gran magnitud y lo aceptó con la resignación de quién no tiene salida.
Las horas de ahora en más se escabullirían de sus manos venidas a menos, y el silencio del hospital sería la música clásica y su compañía. La muerte, tan absurda nos dejó aplastados como libélulas contra un radiador.  No nos dio siquiera tiempo de analizar, escribir, pensar, respirar, despedir, abrazar, no nos dio tiempo de nada porque así de jodida es. Él lo sabía y prefirió ahorrarnos el mal trago: un caballero hasta para evitarnos embrollos burocráticos el día su muerte.
Desde que esa puerta se entreabrió, supimos que nada sería como antes :un hueco irremediable en la ronda del mate, un silencio infinito en las charlas politicas, una placa de arquitecto en un edificio aún no terminado. La muerte, tan absurdan nos dejó perplejos.

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