viernes, 29 de marzo de 2013

Ni sesenta bostezos, ni cuarenta y dos capuccinos, ni diez libros, ni veintinueve camisetas de J. J Urquiza autografiadas, ni cinco ceniceros llenos, ni el disco de Calamaro, ni otra voz, ni Joaquín, iban a hacer que ella deje de pensar.
La muerte a veces es absurda y más absurdo aún es ese vacío que deja. Ese malestar, esa sensación de que la vida cabe en un frasco de mermelada vacía y que todo lo que en ella brota puede también extinguirse en un suspiro ronco de bulldog francés.
Julia no quiso comprender, solo se dejó sentir. ¿Tanta nada cabe en los bolsillos? Tan frío se vuelve uno en su muerte que a penas pudo reconocer a Martín. Ya no eran sus labios, ni le pertenecían esos ojos cerrados, ni ese pelo... Se le llenaron los ojos de lágrimas, no lo podía creer.

Martín y Julia vivieron juntos cuatro años. Primero alquilaron un departamento en Turdera al 400, Villa Crespo y al cabo de unos años, el heredó una casa en Morón. Chichina, su abuela materna, le dejó la casita donde él y sus hermanos  vivieron casi toda su infancia y una caja azul llena de fotos.
Se conocieron en el tren. Él iba a Constitución, subte línea D y a laburar. Julia venía de La Plata, todavía no había descubierto que la  arquitectura no le iba a regalar la felicidad que luego encontró en las artes plásticas.
Se eligieron por completo, con todo lo que puede aprender a querer uno de su compañero. Elegían quererse, levantarse juntos, hacerse el amor, putearse, tocarse los pies con los pies, pegar portazos, regalar libros (también tirarlos), tirarse la ropa por el balcón para entretener a las vecinas solteras del edificio. Lo elegían, todo el tiempo se detenían a pensar si aún les daba felicidad ese compartir.
Martín era sus ojos, esa pequeña filtración de luz en la habitación oscura. Era la música, el cuadro de Renoir que tanto le gustaba, era el mate de la mañana, era el amor.

Pero el tiempo pasa, y su correr transforma a las personas. Martín tenía una personalidad  endeble, era dependiente a Julia, a la droga... y tenía amigos que lo enroscaban aún más en el turbio laberinto. Ella fue mucho tiempo su cable a tierra, pero no era fácil.
Una noche, Martín salió temprano y ella se quedó leyendo unos poemas de Rimbaud. Estaba oscura, se sentía vacía...  Las cosas no estaban bien y los dos lo sabían.
Hacía ya algunos meses que él estaba paranóico y obsesionado con un compañero de ella de la facultad, que si lo ves, que si te lo garchás... Julia estaba agotada. La cosa es que llegó terriblemente borracho y desesperado. Se largó a llorar y le dijo que Juan (que era un pelotudo y un adicto a los psicofármacos) sugirió que lo cagaba y que él era el único tarado que no se daba cuenta. A los gritos le dijo que era una puta de mierda... y que si lo veía al flaco lo iba a dejar en el hospital.
Fue ese el instante en que ella lo comprendió todo: Martín ya no estaba ahí, eran escombros, cenizas viejas. Julia lloraba a mares... ¿cuándo fue el momento en que él se volvió ausente? ¿Cuándo fue que el lugar  que ocupaba todo ese amor ahora estaba cubierto de falopa?
Ya no lo elegía. No podía hacerlo! En el costado izquierdo del colchón ahora dormía un maniquí. Entonces agarró sus cosas (no más que unos vestidos y unos libros) y decidió partir.
Al pasar por la cocina, vio el sobre de una factura de teléfono y le escribió:

"A las ilusiones hay que cuidarlas y no dejarlas solas, porque tienen alas como los pájaros y se pueden ir volando. A una ilusión que se va, únicamente la puede sustituir otra ilusión. Eso es lo que hace que no envejezca un ser humano: la capacidad de crear constantemente ilusión"1
Ojalá vuelvas a encontrar la tuya Mar. Te abrazo el alma.

Se puso el tapado y salió.  Prestó atención al ruido de la puerta, ese portazo hueco, desarmado... nada iba a volver a ser lo que alguna vez.
No sabía donde ir. No quería volver a la casa de su mamá para evitar los siempreclásicos: yo te lo dije, ese chico no está bien. Claro que no está bien, pero de cualquier modo no tenía ganas de escucharlo. Se sentía realmente vacía. Pensó en Celeste, sabía que era la mejor opción, la negra no necesitaba explicaciones.

Pasaron meses y hasta unos años. Él siguió con su ritmo, solo que sin brújula. Cada días más sumergido en un mar de mierda. Llega un momento en que ya no te hace efecto, y buscás otra cosa, y te suicidás de a poco, metiéndote la muerte de a gotas en cada jeringa. Siguió llamándola, llorando, diciéndole puta, pidiéndole perdón, hablándole de amor, de extrañar, de Bukowski y Rimbaud, de lo frío que está su lado de la cama, del perfume que se olvidó. Dejemos que pase el tiempo, Negro.. ahora solo podemos lastimarnos... yo también te extraño.
Julia lloraba cada vez que cortaba el teléfono. Martín siempre iba a ser el amor, y lo pensaba con el dolor de quien prioriza la razón. Ella llenó cuadernos y servilletas, lleno minutos con frases vacías.
Un día se soltaron la mano, se dejaron ir. Se olvidaron por un rato.

Ella conoció a Joaquín, durmieron juntos, se respetaron los silencios. Viajaron a Córdoba, vieron noctilucas en las playas del Polonio, compartieron un atado de cigarros.



Diez llegadas tardes en un mes Martín, dos ausencias injustificadas  y esto es un laburo viejo.
Estaba desesperado. Ya no importaba la luz, el gas, la comida. Juan le dijo que tenía una changuita, plata fácil. Primero fue un chabón, después una panadería. Una casa vacía... tenemos toda la data. Están de vacaciones, no queda nadie, ni el perro, hay como setenta lucas.
Por primera vez Martín tuvo miedo. Pensó en su vieja... ya estaba grande. Pensó en Julia. ¿Qué estaría haciendo? Puta madre, la extrañaba.
Después dejó de pensar.
Entraron los dos por una ventana del patio. La casa era modesta, pero parece que lo grande lo tenían guardado en una habitación. Atravesaron sin problemas la cocina, despacio pelotudo, que no escuchen los vecinos.
Pero salió todo mal. Cuando llegaron al living sonó una  alarma de la que nadie se percató. A Martín se le heló la sangre.
Juan se fue al carajo, dale pelotudo, pisá acá, dale que viene la cana la puta madre. Salieron por el patio, pero en el intento,  Martín rompió un ventiluz de vidrio y cayó desde el techo.

De un balazo en el pecho lo mató la policía.


 A Julia la llamaron la mañana siguiente, estaba con Joaquín.
 Ju, qué hacés? che... vení a casa, necesito hablar con vos. Qué pasa Cele, no me asustes. No, dale, vení... Dale bola, decime... Es sobre Martín, Ju.. ( A Julia se le congeló el cuerpo) Lo mataron Juli, mataron al negro. El mundo pareció detenerse, y arrojarse sobre Julia que rasguñó el  cielo con su llanto.
Colgó el teléfono.
Puta madre, Martín... puta madre. Joaquín buscó abrazarla pero ella se arrancó de ahí con la bronca de quien es abandonado. Se vistió rápido, siquiera recuerda si se lavó los dientes.
Las cuadras que la separaban de la sala velatoria las caminó sin un solo pensamiento.


Ese cuerpo flaco y frío era lo que dejó el tiempo de Martín.Cómo me dejaste así, negro... cómo fuiste tan pelotudo.  La realidad, con sus afiladas puntas le cayó encima. La vida se cayó, desde ese techo, por ese puto ventilúz esta puta policía, esa puta bala y la puta heroína. Martín, carajo... carajo! ¡Cómo mierda vamos a abrazarnos, si me dejaste así, tan llena de nada! La puta madre, negro...
La muerte era más absurda que nunca... Julia recordó el golpe en la puerta, así de hueco, de desarmado... Ese debe ser el sonido de la muerte. Hueco, como el vacío que queda en el cuerpo de quien la presencia. La muerte juega sucio, Martín, ahí no iba a estar tu ilusión







B.
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1 - Manuel García Ferré

2 comentarios:

  1. Felicitaciones che! esta muy bueno. El fragmento de las ilusiones sobre todo, re lindo.

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