miércoles, 6 de marzo de 2013

Un pez azul busca papelitos de colores en su pecera cristalina.
El reloj que asoma en esa pared arrastra con pesar de tedio las horas.
Alguien lee a Baudelaire all otro lado del río.
En Venezuela una mujer llora desconsolada la muerte del Comandante y en Buenos Aires un niño adinerado acaba de enterarse que su hermana no es importada de París sino que la parió su madre luego de nueve meses de flotar en aguas turbias. 
Ella está.
Camina por el pasto, silenciosa se entremezcla con los sauces, tararea una zamba. 
Piensa. 
Ella piensa y entretiene al tiempo. 

En la cocina espera un mate servido, siempre servido espera. Ese mate, amargo, infinito, guarda secretos aún no siendo el de las siete. Ese mate tiene en su calor, la semilla de la distancia más cercana,  el poder de reducir kilómetros en un compartir silencioso de dos desconocidos, que se sienten un poco.   
Él está allá, detrás de esa línea trazada con palabras suaves y sutiles excusas. 
Exquisitas mentiras.
Está allá y ella lo sabe. 
Esa línea, que puede desdibujarse con un simple arrastrar el puño de la blusa y borrar la tiza, inherente, insípida, inanimada. Lo lúdico e inalterable de sentir lo pronto que se percibe una respiración aún teniendo una comunicación casi telepática, cables y muebles entorpeciendo. 
Ella piensa y entretiene al tiempo, y el mate servido (siempre servido) por si acaso, las cortinas violetas anunciasen la llegada, con que sueña el pez, desde su pecera cristalina. 
 

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