miércoles, 30 de octubre de 2013

Pánicos posmodernos II

El encuentro fue tremendo, inusitado, violento. La verdad es que no esperábamos vernos tal vez hasta el verano siguiente, nos habíamos olvidado, al menos, habíamos dejado de pensar el uno en el otro. 
Jueves por la madrugada. Mi mente era un torbellino, pensamientos que se agolpaban para ser procesados enredándose con los ya resueltos. 
Insomnio, un poco de agua fresca, pensé... Y Allí fui.
La cocina dista de la habitación unos cuantos metros... hay que atravesar un living de cemento alisado y muebles de algarrobo, bordear el baño y finalmente: la anhelada cocina, el anhelado vaso de agua fresca que seguramente resolvería el 50% de mi desorden emocional, o al menos mi problema más urgente. Nada escapaba a la calma ordinaria de una madrugada. En unos cuantos segundos volvería a estar en la cama.
Pero todo cambió de rumbo: En ese momento nos vimos... No se escondía, estaba allí... Esperándome, mirándome, odiándome. Sentí como se paralizaba el cuerpo en una milésima de segundo, y un líquido espeso y helado corría en los torrentes de la sangre. No tenía voz para pedir ayuda, una muda resonancia salía de mi pecho y se perdía instantáneamente.
 Nos miramos con firmeza y detenimiento, analizamos cada ángulo del cuerpo ajeno, cada milímetro... pero no hubo movimiento alguno... Medíamos los comportamientos, la respiración, el silencio.
 No sé si fue un segundo, diez minutos o una vida. El miedo nos estupidiza... Hasta que por fin escuché... Alguien bajaba la escalera.. ¡Catalina! Ella sola podía ser... Quién más desearía un poco de agua fresca? Quién más además de mí,  insomne legendaria, y Catalina. La escuché, la sentí, la abracé en silencio y con la mente llena de algo parecido a la victoria. Ella también lo supo, y siquiera intentó correr. Tal ves sentí piedad, o pena... Pero Catalina ya estaba allí, sobre ella, la pobre cucaracha.
 

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