viernes, 5 de septiembre de 2014

Ella, él y las hormigas

Me daba risa que se desprenda las hormigas del saco como quien levanta un alfiler del suelo. O no, en realidad lo hacía como si juntase pepitas de oro de un  suelo minado. Las tomaba con delicadeza, acomodándolas una por una sobre un papel blanco mate. Manejaban un código común: él las acomodaba en el preciso lugar donde correspondía, de modo tal que no ocuparan espacio de más y así quedar una compañera fuera, ni tampoco que de apretujadas alguna sufriese una amputación innecesaria. Era un hombre menudo con detalles microscópicos que iluminaban sus ojos marrones y hacían que parezcan inmensos. Tenía maños pequeñitas, proporcionales a su cuerpo breve y unos anteojos grandes con un vidrio que podría sin problemas ser el final de una botella de whisky.
Ella lo vio, y yo la vi verlo. Venía caminando por La calle de los Naranjos en Flor, con un paso apretado y fino, con un perfume que no hablaba español y unas medias que aprisionaban entre arabezcos sus piernas de túnel. Ella, la mujer de tapado gris y tacones de terciopelo.
Se acercó despacio, como quien quiere cazar una mosca sin  morir en el intento pero con una seguridad que era capaz de detener la lluvia y el colectivo. Le dijo al fin:
- Si quiere puede invitarme un café, yo lo ayudaría a quitarse las hormigas.
¡qué mujer! pensé, ¡qué porte! ¡qué estilo! Esa seguridad construye casas, edificios y discursos, ¡la seguridad que enamora! Ella lo vio y no lo dudó, que si quiere la puede invitar un café, dijo, ¡una inversión maravillosa de deseos! porque ella era quien se moría de ganas de que él la invite un café, de hecho, ella lo invitó porque él, él ni siquiera la había visto por estar clara y obsesionadamente concentrado en las hormigas.
- Muy amable señora por recordarme mis derechos y obligaciones, pero no necesito ayuda con ellas, puedo solito. Soy alérgico a la cafeína, pero si gusta un café, le recomiendo el de aquí enfrente, pídalo con anis, para el frío.
La mujer se quedó perpleja:  Evidentemente era la primera vez que le sucedía y eso que, a imaginar por su edad, debía tener unas cuantas sugerencias descafeinadas en su prontuario. Se quedó mirándolo, esperando la risa y el "era broma, crucemos al de allá, si le parece". Pero nunca llegó, y él ya estaba de nuevo en la demandante tarea de quitarse hormigas del saco y depositarlas en esa especie de inmaculado Arca de Noé. ¿cómo podía ser? Él prestó atención a la segunda parte de la frase, haciendo caso omiso al inicio e indicio. Entonces acomodó la carrocería sobre la pista, y volvió al galope pero como potro herido:
-No dudo que pueda solo, se lo ve muy ejercitado. Tomó una pausa, quizá hasta dudó. -Pero quizá le gustaría contarme sobre su actividad, al menos... inusual.
-¿Inusual? Señora, no sé  a qué  se referirá, sencillamente porque desconozco qué cosas serán usuales en su vida, pero esto es no menos que una actividad imprescindible, una cuestión de vida o muerte.
-¿De vida o muerte? ¿qué dice? - se lo dijo con una ironía curiosa, preparando el terreno para la formulación real de su pensamiento - son solo hormigas
-¡Sólo Hormigas serán para usted que me mira como a un loco, sencillamente porque las desprendo de mi saco y las pongo sobre un papel! Pero para mí ¡y para muchos otros! es esta una cuestión casi de estado. ¿Sabe, señora, que las hormigas se agrupan de a dos ante la inminente presencia de la muerte? Patita con patita, caminan, despacito, esperando el momento preciso en que llegue. Se organizan, se ayudan, se acompañan, se esperan... Como deberíamos hacer los humanos... - se detuvo un instante, y agregó- como tal vez algún día hagamos los humanos.
De pronto, él se dio cuenta que nadie estaba escuchando su monólogo. A su alrededor no quedaba más que el pasea perros con la remera de los redonditos de ricota y  la jauría amordazada: ni un sólo rastro de los tacones de terciopelo y su voz acaramelada, ni uno sólo. Se sintió desolado. ¡Qué solitaria soledad la de él y sus hormigas!
Todo entonces cambió de color. Más viejo y más cansado, se sumergió penosamente en la tarea de dar un mejor pasar a esos pobres insectos, que, de lo contrario, pasarían a ser detalles que acompañen a los granitos del jabón en polvo en la pronta sumergida de su saco.
Una voz que pareció llegar de más allá del sol le dijo:
 -Oiga, ¿qué le parece si reformulamos la teoría y en vez de acompañarnos ante la ineludible presencia de la muerte, lo hacemos ante los inevitables estragos de la vida?

Y yo, que lo contemplaba todo de lejos, entendí. Qué tremenda la vida de la hormiga, que teniendo tantas cosas,se pierden el amor.

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