viernes, 24 de abril de 2015

El sueño

Me quedé dormida sobre la última letra que tus labios pronunciaron. ¿Consonante, vocal? No sé... No sé siquiera si estabas ahí, tal vez tan sólo era mi cuerpo, ensayando un soliloquio que te hiciera quedar como un pelotudo para poder aborrecerte sin culpa ni imperativos de la razón.  Los debates sobre la realidad y la ficción son extensos, y  si se lo hubiesen preguntado a Descartes, seguramente hubiera reconocido que hartan después del minuto quince de la discusión, y para el caso, sólo importa el haberme suspendido en el eco, en el espacio vacío que dejó tu frase... Ésa, que ya ni recuerdo.
Levité en la oquedad que tu boca le dejó a mi cuerpo, lo dijiste... escuché todo lo que dijiste... ¿y ahora? En un acto de decisión desmesurada agarré la mochila y me levanté, probablemente sin mirarte, sin escucharte, ya sin sentirte, y me fui de ese antro dónde tantas noches nos habíamos emborrachado de vino y de versos, de aguardientes tucumanas y películas medio porno de Almodóvar. Ese antro dónde tantas veces nos habíamos desnudado para ver qué tan cierto era eso de sentirse en el otro y para volver a vestirnos al trote cuando entendíamos que la vida no era una fiesta sino un manga de responsabilidades para llegar a fin de mes y que los gatos que se dejan en el departamento del otro no aprenden a servirse solos la comida.
Me fui, y no te miré. Me fui pensando cómo escribir ese instante que estaba viviendo, cómo describir el acto de levantarme y agarrar la mochila, esa despedida consentida y sin sentido, me fui pensando cómo mediarlo todo con una ficción para que duela menos.  Salí como quien arranca su propio cuerpo de un álbum de stickers, salí pensando que Bukowski tenía razón, que cinco tipos en esta calle llevan pistolas, otro un machete, somos todos asesinos y borrachos, pero que hay peores en el hotel de enfrente, que se sientan en el umbral verde y blanco, depravados y banales, esperando ser institucionalizados, que es una mierda que no sea temporada de frutillas, y entonces, me dio pena saber que ya no nos íbamos a emborrachar, ni a escribir, ni a desnudar...  y tuve ganas de llorar, y sentí frío ( o no), pero saqué del buzo la mochila y me lo puse, metiendo las manos bien adentro de los puños corroídos.
No me acuerdo cómo caminé hasta el ascensor, tampoco el color del suelo ni de las paredes, como una autómata apreté el botón rojo e instantes después estaba en su interior, con las otras tres mujeres que proyectaba ese espejo, todas con mi rostro pero ninguna en mí, tan distante ya de mi subjetividad.
Los pisos se sucedían como diapositivas antiguas, y en el tercero subió Joaquín, con Hugo y su famosa correa despampanante. Hablamos, creo, de que había empezado la serie de "Los siete locos" y que a los dos nos parecía una mierda. "La coja no es coja" dijo, "y nunca vimos al famoso capitán" creo que cuando dijo eso me reí, porque era verdad, nunca aparecía el capitán. En planta baja nos dimos un beso, y él salió a la calle...  Hugo se dio vuelta y me parece que gruñó.

Entonces me desperté. Seguías ahí... Me levanté callada, ya sin mirarte, sin escucharte, sin sentirte... agarré la mochila y salí, cerrando con la llave y el pasador.  Estoy segura de que Joaquín y Hugo me esperan en el ascensor.

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