sábado, 2 de mayo de 2015

La espera

325 pecas, 9 perdidas en algunas mentiras piadosas (porque desconoce otra clase), hacen un total de 317 exiliados de un cuadro puntillista que merodeaban alrededor de sus ojos de luna. Ella hizo el cálculo matemático sin mirar demasiado, en el preciso momento en que él se sacaba el abrigo, sabía su cantidad exacta, su disposición de norte a sur con el meridiano en el corazón.
Lo observó detenida: la misma mirada, el mismo perfume, el surco de su boca recorría el mismo caminito zigzagueante de melodías inquietas, de frases sin formular, tantas primaveras olvidadas a punto de caer en el suicidio de una gota de vino. Tan detenidamente lo miró, que cobró conciencia de que habían pasado varios minutos desde su último pestañear.
Muchas veces garabateó con la lapicera a medio escribir de la imaginación, posibles y potenciales encuentros: en la intersección de alguna diagonal platense de esas que nunca se sabe dónde desembocan, él caminando apurado con las manos en los bolsillos de ese saco siempre azúl, y ella distraída, siempre somnolienta, juntando banditas elásticas perdidas entre las baldosas o simplemente mirando las palomas que se agolpan por unas migas de pan. O tal vez, todo sea más literariamente romántico si se encontrasen en alguna esquina ventosa del parís de Cortázar, en le tour Eiffel,  en algún bar. Pero nunca fue, sino hasta ahora: un miércoles desteñido por el otoño, en un cafetín de buena muerte en el bendito barrio porteño de La Boca, después de tantos, tantísimos obsoletos garabatos imaginarios.
La noche era de manual: si alguien pregunta cómo es esa estación del año que se desplaza taciturna entre los extremos, la respuesta debía ser un retrato de ese momento, y si alguien hubiese querido saber cómo es Buenos Aires en otoño, pues entonces debía estar esa noche en aquel cafetín, entre el gin-tonic más bien fuerte de ella y el saco azul de él.
El mozo se acerca a la mesa de él, le entrega una carta. Él duda.
 “Siempre igual, piensa ella, ese acto tan simple como elegir el color de la etiqueta del whisky que va a tomar se convierte en un dilema crucial, duda, pero siempre elige lo mismo. Duda y a veces se equivoca. Todos podemos equivocarnos de vez en vez. Lo bueno es reconocerlo, hacernos cargo. Pedirá un Johnie Walker… dorado. Le sacará el hielo y cerrará los ojos para el primer sorbo”.
El mozo regresa y acerca su  cuerpo al hombre que le pregunta algo en voz muy baja. El mozo mueve la cabeza para ambos lados, y susurra unas palabras, asiente con una sonrisa y se marcha. El hombre se queda solo, sentado en una mesa de dos en el centro del salón, saca un libro y se pone a leer.

-Francisco, llevo años esperando verte, muchos años.

Él levanta la cabeza y la mira

(ella se sentará y hará un monólogo. El se disculpará, esbozará una sonrisa y dirá que está equivocada) 

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