miércoles, 1 de julio de 2015

Mis días en los valles

Nada había ahí
Y sin embargo todo lo teníamos
Coger y dormir sobre un colchón sin cama
Ni sábanas
Con colchas llenas de polvo
Y mareas.
Con frío y con fuego,
Con perros y pulgas
Con deseo,
Con amor
Y sin.
Nada había ahí:
Un círculo desprolijo de barro y jarillas
Una puerta
Sin muro que sostener,
Un hombre y una mujer,
Una garrafa
Unos libros
Una foto:
Nosotros mismos,
Con luces y ensombrecidos.
El vino malo y el aguardiente
Y ese deseo inconmensurable
Del otro,
Del otro en nosotros mismos
de borrachera,
Y la luna
Y los valles
Y la vida,
Y la poesía.
Nada había allí,
solo ausencias Y distancias
 a veces algún guiso
Y a veces ni eso.
Estábamos nosotros,
Queriéndonos querer
Durmiendo  en ese colchón
Sin cama ni sábanas
Sin perdones
Sin tequieros
Aguantándonos las soledades.
Nosotros iguales,
Callados,
Intensos,
Desnudos.
Nada había allí
Sólo nosotros y nuestra desnudez.
Solo vos y solo yo
Y esa luna
Y esos valles
Y ese aguardiente sugiriéndonos,
 Implorándonos,
La boca que busca
E insiste
Porque más vale besar
Que decir,
Mas vale tocar que correr
Más vale coger que pelear.
Porque nada había ahí más que nuestras miserias,
Nuestras Humanas miserias
Reales
Tangibles
Apacibles.
Nuestros cuerpos desnudos
Frente a nuestras humanas miserias.
Y nosotros haciéndonos cargo,
Amándonos sobre ellas
Porque nada había allí,
Más que nosotros y
Nuestras

Solitarias humanas miserias.

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